En el marco de la celebración de su posesión canónica, monseñor Luis Augusto Campos Flórez dirigió su primera homilía como arzobispo de Bucaramanga, ofreciendo una profunda reflexión sobre la identidad y la misión de la Iglesia, a la luz del misterio pascual de Cristo.
Desde el inicio, el nuevo pastor subrayó que “todo en la Iglesia nace de la Pascua de Cristo”, recordando que solo desde la cruz y la resurrección la Iglesia puede ser auténtica, fecunda y verdaderamente significativa. En este sentido, advirtió que una Iglesia sin la cruz corre el riesgo de caer en el triunfalismo o en la autocomplacencia, mientras que una Iglesia sin la resurrección puede perder la esperanza y quedar atrapada en sus miedos.
A partir de la Palabra de Dios proclamada, monseñor Campos Flórez presentó tres rostros fundamentales de la Iglesia pascual, que marcan también el camino de la Arquidiócesis de Bucaramanga en esta nueva etapa.
Una comunidad bendecida y elegida
En primer lugar, destacó que la Iglesia es una comunidad bendecida por Dios. Inspirado en la carta a los Efesios, recordó que los creyentes han sido elegidos en Cristo para vivir como hijos de Dios, reconciliados, libres del pecado y marcados por el Espíritu Santo.
En este contexto, planteó una inquietud directa a la comunidad arquidiocesana: si realmente es consciente de esta bendición y si esta se refleja en las relaciones, en el servicio y en la vida cotidiana. También advirtió sobre el riesgo de vivir una fe individualista, en la que cada uno pretende apropiarse del Evangelio, olvidando que la Iglesia está llamada a ser una comunidad unida que reconoce en Cristo su fuente y su sentido.
Una comunidad que navega en medio de las dificultades
El segundo rostro presentado fue el de una Iglesia “navegante”, que, como los discípulos en el Evangelio, atraviesa mares agitados, en medio de la oscuridad, el viento y la inestabilidad.
El arzobispo reconoció que estas dificultades no solo provienen del contexto social —marcado por la violencia, la desesperanza y la crisis de valores—, sino también de las debilidades internas de la Iglesia, como la incoherencia, la falta de transparencia y las divisiones.
Sin embargo, insistió en que Cristo nunca abandona a su Iglesia. Por el contrario, la invita a avanzar con valentía, a no quedarse estancada y a abrirse a nuevas “orillas” de evangelización: culturales, digitales, juveniles y sociales. En este llamado, subrayó la urgencia de anunciar el Evangelio con creatividad, pasión y entrega total.
Una comunidad servidora y ministerial
Finalmente, el nuevo arzobispo de Bucaramanga, presentó a la Iglesia como una comunidad servidora y ministerial, donde lo esencial nunca puede faltar: el cuidado de los más vulnerables, la comunión entre todos, la centralidad de la oración y la Palabra, y una administración de los bienes con criterio evangélico.
Para que esto sea posible, explicó, es fundamental promover la ministerialidad, entendida como la participación activa de todos los miembros de la Iglesia, reconociendo la diversidad de carismas y vocaciones. En este sentido, hizo un llamado a evitar el acaparamiento y a fomentar la corresponsabilidad, especialmente de los laicos, también en los espacios de decisión.
Esta dinámica, señaló, permite que la Iglesia crezca en misión, acogida y fe, siendo una comunidad creíble, fraterna y abierta, donde el Evangelio se anuncia y transforma la vida.
Un camino para la Arquidiócesis
A partir de estas imágenes, el nuevo arzobispo delineó el horizonte para la Arquidiócesis de Bucaramanga: una Iglesia bendecida, llamada a la santidad y a la fraternidad; una Iglesia en camino, que afronta con esperanza los desafíos del presente; y una Iglesia ministerial, donde todos participan activamente en la misión.
La homilía concluyó con una invocación a la protección de la Virgen María, para que acompañe este nuevo tiempo eclesial, y con una invitación al silencio orante, como respuesta al don de la Palabra recibida. Con esta celebración, la Arquidiócesis inicia una nueva etapa bajo el pastoreo de monseñor Luis Augusto Campos Flórez, marcada por el compromiso de vivir con fidelidad su vocación pascual y misionera.
