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Jueves Santo, un memorial donde Cristo nos invita a Amar y Servir

    En la tarde de este Jueves Santo, Monseñor Monseñor Ismael Rueda Sierra, arzobispo de Bucaramanga, presidió la solemne celebración de la Misa Vespertina de la Cena del Señor, una liturgia que marca el inicio del Triduo Pascual y conmemora tres dones fundamentales para la vida de la Iglesia: la Institución de la Eucaristía, el Sacerdocio Ministerial y el Mandamiento del Amor.

    Durante su homilía, Monseñor recordó con emoción que este día es una ocasión para agradecer el don inmenso de los ministros ordenados —obispos, presbíteros y diáconos—, quienes hacen presente a Cristo Buen Pastor entre su pueblo. También subrayó que todos los bautizados participan del sacerdocio de Cristo y están llamados a ofrecer sus vidas como sacrificio espiritual agradable a Dios.

    Inspirado en la primera lectura del libro del Éxodo, Monseñor Rueda Sierra explicó que la Pascua, tanto para el pueblo de Israel como para los cristianos, es un paso de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia. En la Cena Pascual, los israelitas comían el cordero de pie, con los pies calzados y el bastón en mano, listos para salir. Ese gesto —dijo— representa una actitud permanente de disponibilidad y confianza en el Señor que libera.

    Al referirse a la Última Cena, Monseñor destacó que Jesús instituyó la Eucaristía como memorial de su entrega. “Hagan esto en memoria mía”, fue la consigna que dejó a sus discípulos. San Pablo fue el primero en transmitir este mandato en sus cartas, exhortando a que la celebración del cuerpo y la sangre del Señor no se reduzca a un rito vacío o dividido por intereses egoístas, sino que sea expresión de comunión y fraternidad.

    “Hoy, más que nunca —afirmó—, necesitamos redescubrir el tesoro que es la Eucaristía: alimento de vida eterna, presencia real del Resucitado, y fuerza para vivir como discípulos misioneros”.

    En este contexto, también resaltó el don del sacerdocio ministerial, gracias al cual la Eucaristía se sigue celebrando en la Iglesia. Reconociendo la fragilidad humana de los ministros, Monseñor pidió orar por todos los sacerdotes, especialmente por aquellos que pasan por momentos de dificultad, para que sean pastores según el corazón de Cristo.

    Finalmente, el signo del lavatorio de los pies, realizado por Jesús en la Última Cena, fue presentado como una escuela de humildad, servicio y entrega. “El Maestro se hizo servidor de todos, incluso de aquel que lo traicionaría”, recordó. En este gesto se resume todo el mensaje del Evangelio: el amor sin condiciones, que se pone al servicio de los demás.

    Al concluir su homilía, Monseñor invitó a todos los fieles a vivir este Triduo Pascual como un tiempo de gracia, conversión y compromiso con el Evangelio, para que nuestras vidas, purificadas por Cristo, se conviertan en testimonio vivo del amor que hemos recibido.