“ENFERMO Y ME VISITASTE”

Queridos hermanos y hermanas: en este mes de agosto, hacemos énfasis sobre los enfermos y contemplamos de inmediato la recomendación de Jesús, conmovido con la condición humana en su variedad de situaciones, para acercarse, ayudar y acompañar. En efecto como lo atestigua el capítulo 25,36 de Mateo, Jesús exclama, “estuve enfermo y me visitasteis”, señalando de esta manera una oportunidad más para, según su ejemplo, aplicar una obra de misericordia.

En nuestro lenguaje pastoral de hoy, el cuidado de los enfermos forma parte de la opción por la vida que “nos proyecta necesariamente hacia las periferias más hondas de la existencia: el nacer y el morir, el niño y el anciano, el sano y el enfermo.” (cf. Doc. Aparecida, 417). El mismo documento señala que desde el inicio de la evangelización se ha cumplido un doble mandato que se deriva del envío de Cristo a los apóstoles a predicar El Reino de Dios y a currar a los enfermos, a saber: lograr la armonía física, psíquica, social y espiritual para el cumplimiento de la misión recibida, razón por la cual, la Pastoral de la Salud, ha de ser “la respuesta a los grandes interrogantes de la vida, como son el sufrimiento y la muerte, a la luz de la muerte y resurrección del Señor” (ídem, 418). Esta pastoral, añade el documento, ha de convertir su trabajo en el anuncio de la muerte y resurrección del Señor, que es única y verdadera salud.

La experiencia cotidiana en nuestras clínicas y hospitales, si bien es cierto, nos manifiestan la solicitud y entrega de tantos servidores entre médicos, enfermeras, personal de servicios y otros benefactores, que hacen su trabajo con verdadera caridad, espíritu comprensivo y generosa competencia profesional, sin embargo, duele las grandes dificultades por los trámites y los mecanismos de mercadeo y financiero en que desafortunadamente han caído muchos de los servicios de salud. Pero nada de esto ha de disminuir el espíritu y el mandato moral que surge del evangelio, de orar en primer lugar y de visitar y ofrecer la compañía oportuna, muchas veces silenciosa al enfermo, la delicada atención y trato adecuado y en el caso del moribundo, la oferta de la Palabra, la fortaleza y el perdón en el sacramento de la Unción de los enfermos, todo ello, indicativo, sin duda, de la experiencia de la cruz y la resurrección del Señor en el sufrimiento humano.

Pidamos humildemente al Señor que viéndolo a Él, avive en nosotros los sentimientos y actitudes del buen Samaritano, para salir al encuentro del enfermo, como testimonio y también como opción misionera de encuentro con Jesús y de caridad.

Con mi fraterno saludo y bendición.

+ Ismael Rueda Sierra
Arzobispo de Bucaramanga

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